fiebre

Sólo cuando hay fiebre se puede crear lo imposible, lo innombrable, pero también lo memorable. Eso lo sabe Miles, que llega a la casa de Jack sudando de la fiebre que le atormenta desde hace varios días. Columbia le ha puesto plazo para su próximo disco, y apenas si ha podido convertir un par de melodías en canciones que él considera que valen la pena. Miles llega a la casa de Jack, con la determinación de enseñarle a tocar la trompeta aunque sea lo último que haga. Él sabe que o se aprende o se muere. Miles comienza con lo básico, pero sólo puede ver a Jack reírse un poco y disimulando compostura en su atención. Esa noche Miles está un poco torpe con la trompeta pero la fiebre es el puente que necesita para inspirar a un fanático del jazz, en especial si se trata de Jack, quien es conocedor de los clásicos y además tiene en su departamento una colección impresionante de viniles de Charlie Parker, Thelonious Monk, Sonny Stitt, y tantos otros. Miles sigue tocando, no resulta en lo que quería pero crea algo lo suficientemente interesante como para expandirlo cuando vuelva al estudio. Sin querer está creando ”Flamenco Sketches”, del mítico disco, ”Kind of Blue”.  Mientras tanto, Jack en su propio mundo, recitando para sus adentros, los versos de un San Francisco que sólo él conoce, de tanto andar con Ginsberg y Burroughs. Jack parece andar en las nubes, y no se le puede culpar. Jack se la ha pasado escribiendo de religión, drogas y jazz por mucho tiempo, y sus obras maestras compaginan perfectamente en tiempo y áurea con las de Miles. Es por eso que el mismo Miles se ríe, entre resignado y congraciado con la situación, a sabiendas de que no hay nada que hacer, Jack es así, y sólo quiere leer su próximo libro, con la esperanza de encontrarse retratado como un dios griego de la música. La fiebre parece pasar, pero uno de los últimos estragos que causa, y el mejor de todos, es la sincronización del futuro ”Flamenco Sketches” con el ”San Francisco” de Jack. En esta concordancia la fiebre se sabe necesaria, y no se perdería, no se disiparía a menos que cause un impacto inolvidable en el paso del tiempo. Miles no sabía que su música era perfecta para los versos de Jack. Jack, Jack sigue recitando para sus adentros, pero sospecha que la fiebre no sabe de límites y ahora le acecha, le acorrala. La fiebre, después de pasar por un leve declive, y teniendo a Miles y Jack en la barricada, decide ir en aumento. Miles va tocando con lo poco de sentido que queda cuando la temperatura ya ha subido y su paciencia está por agotarse. Impensable seguir con las lecciones de trompeta, aunque al final fuese cualquier cosa menos lección, porque Jack, sigue riéndose. Miles piensa que será víctima de las historias de los amigos beat de Jack, y está en lo cierto, porque más tarde Jack llamará a Ginsberg y Burroughs para que tomen la experiencia y la conviertan en el nuevo éxito de la filosofía beat. A Ginsberg no le pide menos que su ”Aullido”, y a Burroughs le sugiere una secuela para ”Queer”. Miles, ya cansado, toca un par de notas más, como para irse del departamento de Jack sin el rabo entre las piernas. No ha sido su día, o eso él cree. Miles sigue tocando, la melancolía se suma a la fiebre para rescatar algo de inspiración y lo que sale de su trompeta se salva de la crítica pero Jack no está, se ha ido corriendo al baño con papel y lápiz para escribir ”San Francisco”. Miles deja la trompeta en la mesa y se va del departamento sin cerrar la puerta. Ha dejado abierta la idea de regresar por conciencia o por la trompeta, pero opta por ignorar sus miedos y se va al bar donde lo espera Dave o Wayne o Keith. Nunca esperaría encontrarse con John porque estaba con toda la onda espiritual y sólo se ganaría un recital de ”Om”. Jack regresa pero no parece percibir la ausencia de Miles. El aire está más fresco, pero eso es solo por la puerta abierta. Entonces se sienta, toma un cigarro y mira la trompeta: ”Me gusta el nuevo centro de mesa”. La fiebre y el jazz siempre van bien y venden bien, bueno, eso piensa el autor de esta utopía recursiva, continuo círculo virtuoso.  Ahora háganse un favor y escuchen ”Kind of Blue”, y por lo menos léanse alguna frase de Jack: así empecé yo.

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prehistoria

Desliza tus garras sobre mí

Arráncame de mi mismo

Despedaza mi sentido

Común

Arroja tu cuerpo

Violento

Como llama en flecha

No hay otra presa

Y la sangre que dejas ir

Como río

Desenfrenado

No es otra cosa

Que la señal de un

Hambre

Que recién inauguras

Nuestro santo y seña

Seríamos especie en

Extinción

Cabalgando en las

Tinieblas

Hacia el final de los

Tiempos

Tout le temps

petit mort

Todo era un contundente desorden, y en lo contundente te da la razón: la única forma de recuperar el sentido de ese desorden era tocar fondo. No se puede escribir cuando tienes atornillados tantos poetas románticos que te intentan seducir con sus apasionamientos y deseos frustrados. A mí me toco hace poco, aquellos ojos chinos me había sacado de cuadro con esa técnica egoísta de autodescubrimiento, que te importe un pito los demás y buscar que la locura tenga sentido para nadie más que para uno mismo. Que locura, sí, no importaba nada más que el sentirse bien, y que pena por los demás. El mundo entero te podría llorar pero eso no vale nada si quieres tocar fondo sintiéndote a gusto en perderlo todo, si es algo que te agrada. Ahora se trataba de tomar esa teoría y transformarla en algo más drástico, terapia paranoica critica. Había que empezar por fumar un poco más de lo usual, y beber cada vez que hay oportunidad, o para celebrar o para quejarse, o solo porque quieres escribir algo decente, que para mí significa perder el pudor, ir directo al grano. Aquellos ojos chinos me habían iniciado en este ritual de ir, cada vez más seguido, por una cerveza y cigarros, desbocarme por completo, ser irreverente y caótico, olvidando lo que digo instantes antes y negando posturas u opiniones que alguna vez proclamé. Era negarme cada vez que podía, hacer de mí una constante tabla rasa. Urgía ser crudo con lo que se dice y se escribe y además había que ser consecuente en ello. No se puede escribir si se tiene a tantos poetas cursis y melodramáticos en la biblioteca. Ahora, ya con unos años más encima, se entiende que tengo títulos de Lorca, Alberti y Salinas por las puras, eran cada vez más difíciles de leer, eran arrojarse un clavado de un peñasco a otro, terminar en madera astillada que no se deja tocar, que ahuyenta y provoca tedio. Ahora solo me irritan, y poco me falta para prenderles fuego, solo servirán para combatir el frío o para evitar que se apague la parrilla, quizás la carne adopte esos tres cuartos de forma automática. Mejor me sentí cuando llegaron Corcuera, Eielson y Adán, pero de todos, era Eielson quien me hacía sentir más fuera de lugar, de la forma en que me gustaba y entonces leer sin detenerme más que para abrir una cerveza más.

Para cuando llegó Henry Miller y luego Bukowski entendí que había que destruirse un poco, rasgarse las vestiduras y quedarse desnudo en el pesebre, sin María, sin José, sin ningún animal haciéndote la guardia. Tenía que irme de bruces, y empezar a escribir de primera mano, sin adornos. Desnudo como estoy ahora, voy fumando como chino en quiebra y tomando con ganas de embriagarme para que las palabras cobren más sentido pero sin poder lograrlo, porque mi cuerpo está tan acostumbrado a ser cuerdo y aún no se atreve a embriagarse, perderse, olvidar la noche pasada cuando acabas en un sofá apolillado o al lado de un desconocido que te abraza. Mi cuerpo aún no termina de adaptarse pero insisto, no me canso de probar la amargura, beber de ella, querer sentirla porque ahora lo creo y siempre ha sido, único pensamiento constante, que hay que bajarse al infierno y brindar con el mismo diablo para escribir como siento. Entonces sigo tomando, enciendo un cigarrillo más y va sonando Voice Poetry de Ornette Coleman, va sonando en su etapa más caótica. Como entender el jazz y traducirlo en palabras que importen o  tengan sentido pero que cambien el ritmo en que gira el universo, sin perderse en la estupidez, y nuevamente ahogarse en el alcohol que no sabes tomar, que te causa náuseas que prefieres a cualquier gesto romántico, un poema o una flor, símbolos de un ser que ya no eres y de actos que pierden sentido cuando te muestras forzado, una versión obligada de ti mismo, en la que no eres tú por ti mismo sino por complacer a las masas, o parte de ellas, con el afán de que te besen los pies adornados de callos y uñas desteñidas. Toda palabra o acto innecesario termina convirtiéndose en piedras que arrojas a quien provoca la conversación innecesaria, como si se tuviese que hablar todo el tiempo. Habría que cortar la comunicación, apagar el teléfono o decirle que se meta sus palabras donde la luz no llega. Hay que ser despiadado desde el momento en que te levantas de la cama, mirar al mundo como una puta que necesita que le revienten el culo porque de otra forma solo te toma por un zopenco. No hay forma de entender el jazz siendo cursi, y menos si es el desorden musicalizado, el free jazz poseído por notas incoherentes pero naturales. Ahora suena Air Ship, Coleman sigue haciendo de las suyas y su trompeta excita cada vez más, dejando clara la necesidad de seguir fumando y tomando, maldecir un poco a Jiménez o a Vicente Alexandre, porque te quitan las palabras de la boca y las hacen dulces aunque no de primera intención, solo te quitan la amargura necesaria y burda de decirle a la ex que te la quieres llevar a la cama y horas después hacerle el amor como una bestia, desconocerte porque nunca le miras el rostro sino el culo, y al terminar dejarla en el hotel para entonces llamar a la mujer que quieres y decirle que la extrañas, decirle que eres un desagradable sentimental, pero que la quieres y la quieres ya. Entonces el circulo vicioso, regresas a la versión romántica de ti mismo y aunque no lo deseas así, vuelves, vuelves al cigarro y a la cerveza, al six pack que nunca se termina porque algo de cordura queda, y entonces echarle la culpa nuevamente a las tempranas influencias empezando por Goethe. Hay que matar, primero a Goethe, colocarlo como apoyo de la repisa o situarlo debajo de algún diccionario de primaria; y entonces me tocaría matar a la cordura, que no me deja ser, y supongo que a nadie en realidad.

atrevimiento

había que esquivarse

ceder al ímpetu de tocar

un poco más el cielo

el postre venido a menos

un poco echado a perder

pero que aún parece

la joya de siglos atrás

cuando todo parecía de oro

pero no tenía que serlo

solo era el color

el rubor

el dolor

la fenestración

el ala derecha un poco más grande que la otra

incapaz de tomar vuelo

a menos que venga primero

el vino

un vodka

y quizás la cerveza que parece

jarabe para la tos