casi

Cruzaba la pista, un calambre se avecinaba y sin saberlo eché a andar. Pronto, el cojeo, pronto, el automóvil. Ileso. Faltaba nomás que el conductor me quisiese llevar al dentista porque cuando sonreí del susto un poco color protesta antitaurina, afloraron tanto mis dientes, el torcido y los divorciados, que se la pasan mirándose a cuestas. Como me salvé de esta, no lo sabe ni el monje que vive al lado de la emolientera de la calle Faisanes. (Que rico, el emoliente y su pan con tortilla, tan efectivos cuando el desayuno se me hace esquivo). La emolientera le contó al monje y éste adujo lo sucedido a un dolor de estómago del conductor. El momento del calambre había coincidido con la asimilación de una ensalada demasiado fresca, así que el conductor se retorció un poquito y con él, el auto. Todo esto no lo sabía, pero la verdad hubiese deseado que un cuarto diente que me dolía la vida aflojara con algún golpecito lo suficientemente fuerte como para desterrarla, y de paso enderezarme. Ahora se me antoja la tortilla, y esta joroba la tengo desde los 26.

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