petit mort

Todo era un contundente desorden, y en lo contundente te da la razón: la única forma de recuperar el sentido de ese desorden era tocar fondo. No se puede escribir cuando tienes atornillados tantos poetas románticos que te intentan seducir con sus apasionamientos y deseos frustrados. A mí me toco hace poco, aquellos ojos chinos me había sacado de cuadro con esa técnica egoísta de autodescubrimiento, que te importe un pito los demás y buscar que la locura tenga sentido para nadie más que para uno mismo. Que locura, sí, no importaba nada más que el sentirse bien, y que pena por los demás. El mundo entero te podría llorar pero eso no vale nada si quieres tocar fondo sintiéndote a gusto en perderlo todo, si es algo que te agrada. Ahora se trataba de tomar esa teoría y transformarla en algo más drástico, terapia paranoica critica. Había que empezar por fumar un poco más de lo usual, y beber cada vez que hay oportunidad, o para celebrar o para quejarse, o solo porque quieres escribir algo decente, que para mí significa perder el pudor, ir directo al grano. Aquellos ojos chinos me habían iniciado en este ritual de ir, cada vez más seguido, por una cerveza y cigarros, desbocarme por completo, ser irreverente y caótico, olvidando lo que digo instantes antes y negando posturas u opiniones que alguna vez proclamé. Era negarme cada vez que podía, hacer de mí una constante tabla rasa. Urgía ser crudo con lo que se dice y se escribe y además había que ser consecuente en ello. No se puede escribir si se tiene a tantos poetas cursis y melodramáticos en la biblioteca. Ahora, ya con unos años más encima, se entiende que tengo títulos de Lorca, Alberti y Salinas por las puras, eran cada vez más difíciles de leer, eran arrojarse un clavado de un peñasco a otro, terminar en madera astillada que no se deja tocar, que ahuyenta y provoca tedio. Ahora solo me irritan, y poco me falta para prenderles fuego, solo servirán para combatir el frío o para evitar que se apague la parrilla, quizás la carne adopte esos tres cuartos de forma automática. Mejor me sentí cuando llegaron Corcuera, Eielson y Adán, pero de todos, era Eielson quien me hacía sentir más fuera de lugar, de la forma en que me gustaba y entonces leer sin detenerme más que para abrir una cerveza más.

Para cuando llegó Henry Miller y luego Bukowski entendí que había que destruirse un poco, rasgarse las vestiduras y quedarse desnudo en el pesebre, sin María, sin José, sin ningún animal haciéndote la guardia. Tenía que irme de bruces, y empezar a escribir de primera mano, sin adornos. Desnudo como estoy ahora, voy fumando como chino en quiebra y tomando con ganas de embriagarme para que las palabras cobren más sentido pero sin poder lograrlo, porque mi cuerpo está tan acostumbrado a ser cuerdo y aún no se atreve a embriagarse, perderse, olvidar la noche pasada cuando acabas en un sofá apolillado o al lado de un desconocido que te abraza. Mi cuerpo aún no termina de adaptarse pero insisto, no me canso de probar la amargura, beber de ella, querer sentirla porque ahora lo creo y siempre ha sido, único pensamiento constante, que hay que bajarse al infierno y brindar con el mismo diablo para escribir como siento. Entonces sigo tomando, enciendo un cigarrillo más y va sonando Voice Poetry de Ornette Coleman, va sonando en su etapa más caótica. Como entender el jazz y traducirlo en palabras que importen o  tengan sentido pero que cambien el ritmo en que gira el universo, sin perderse en la estupidez, y nuevamente ahogarse en el alcohol que no sabes tomar, que te causa náuseas que prefieres a cualquier gesto romántico, un poema o una flor, símbolos de un ser que ya no eres y de actos que pierden sentido cuando te muestras forzado, una versión obligada de ti mismo, en la que no eres tú por ti mismo sino por complacer a las masas, o parte de ellas, con el afán de que te besen los pies adornados de callos y uñas desteñidas. Toda palabra o acto innecesario termina convirtiéndose en piedras que arrojas a quien provoca la conversación innecesaria, como si se tuviese que hablar todo el tiempo. Habría que cortar la comunicación, apagar el teléfono o decirle que se meta sus palabras donde la luz no llega. Hay que ser despiadado desde el momento en que te levantas de la cama, mirar al mundo como una puta que necesita que le revienten el culo porque de otra forma solo te toma por un zopenco. No hay forma de entender el jazz siendo cursi, y menos si es el desorden musicalizado, el free jazz poseído por notas incoherentes pero naturales. Ahora suena Air Ship, Coleman sigue haciendo de las suyas y su trompeta excita cada vez más, dejando clara la necesidad de seguir fumando y tomando, maldecir un poco a Jiménez o a Vicente Alexandre, porque te quitan las palabras de la boca y las hacen dulces aunque no de primera intención, solo te quitan la amargura necesaria y burda de decirle a la ex que te la quieres llevar a la cama y horas después hacerle el amor como una bestia, desconocerte porque nunca le miras el rostro sino el culo, y al terminar dejarla en el hotel para entonces llamar a la mujer que quieres y decirle que la extrañas, decirle que eres un desagradable sentimental, pero que la quieres y la quieres ya. Entonces el circulo vicioso, regresas a la versión romántica de ti mismo y aunque no lo deseas así, vuelves, vuelves al cigarro y a la cerveza, al six pack que nunca se termina porque algo de cordura queda, y entonces echarle la culpa nuevamente a las tempranas influencias empezando por Goethe. Hay que matar, primero a Goethe, colocarlo como apoyo de la repisa o situarlo debajo de algún diccionario de primaria; y entonces me tocaría matar a la cordura, que no me deja ser, y supongo que a nadie en realidad.

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