atrevimiento

había que esquivarse

ceder al ímpetu de tocar

un poco más el cielo

el postre venido a menos

un poco echado a perder

pero que aún parece

la joya de siglos atrás

cuando todo parecía de oro

pero no tenía que serlo

solo era el color

el rubor

el dolor

la fenestración

el ala derecha un poco más grande que la otra

incapaz de tomar vuelo

a menos que venga primero

el vino

un vodka

y quizás la cerveza que parece

jarabe para la tos

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miau

A veces basta un miau,

un ronroneo

luego no es necesario

decir más,

solo hacer lo que

manda Dios

con la libido

que nos

Dio

casi

Cruzaba la pista, un calambre se avecinaba y sin saberlo eché a andar. Pronto, el cojeo, pronto, el automóvil. Ileso. Faltaba nomás que el conductor me quisiese llevar al dentista porque cuando sonreí del susto un poco color protesta antitaurina, afloraron tanto mis dientes, el torcido y los divorciados, que se la pasan mirándose a cuestas. Como me salvé de esta, no lo sabe ni el monje que vive al lado de la emolientera de la calle Faisanes. (Que rico, el emoliente y su pan con tortilla, tan efectivos cuando el desayuno se me hace esquivo). La emolientera le contó al monje y éste adujo lo sucedido a un dolor de estómago del conductor. El momento del calambre había coincidido con la asimilación de una ensalada demasiado fresca, así que el conductor se retorció un poquito y con él, el auto. Todo esto no lo sabía, pero la verdad hubiese deseado que un cuarto diente que me dolía la vida aflojara con algún golpecito lo suficientemente fuerte como para desterrarla, y de paso enderezarme. Ahora se me antoja la tortilla, y esta joroba la tengo desde los 26.

pantomima

Siento el vértigo de la pata corta de la silla que me lleva hacia adelante y que llevo hacia atrás, nunca estable, siempre haciéndome temblar, como la presencia de un amor que se me cuela por los huesos cual pájaro que anida entre las ramas más pequeñas del árbol más pequeño. El desastre del bolsillo derecho (y no muy seguido, el izquierdo) lleno de boletos, vueltos y pelusas, así como cabellos infames, me recuerdan a tu habitación por las mañanas después de los años nuevos y después de las fogatas para tres, cuando amaneces, descalza, desnuda, caminando entre cerillos y prendas que se confunden con tu alfombra dejándote observar como en una obra de teatro, de mimos. Te mueves, quieres decir muchas cosas, pero no abres tu boca. Te mueves y seduces al espectador, recoges la almohada y se la avientas como aventarías una moneda en la fontana de Trevi, y así te veo, en blanco y negro, y sería perfecto que solo tus labios se pinten de rojo, porque aquello que no se mueve es aquello que dice la verdad. Mezclas el café y cae alguna pestaña tuya, no te das cuenta, me la das, me la tomo, no me importa, estás ahí, y así estarás en mí, no me libres jamás de tus vaivenes psicológicos, siempre inventando(te), creyéndote astronauta, creyéndote gato, creyéndote viva, cómo si en verdad lo estuviésemos y esto no fuera más que un invento del Todopoderoso para animarse un fin de semana y con tantos trastes que limpiar, con tantos trastes que inventar. Me dejaste el café al borde la mesa, en la injusta esquina y un dedo más, un dedo menos, eso hubiera significado que el café se echaría a perder y tú queriendo servirme nuevamente el mismo café con la misma pestaña, y la buscas, porque aunque no te diste cuenta, sabes que hay algo de ti en casa cosa que haces y en cada juego que realizas y en cada bebida que me incitas a tomar de porrazo, como si fuera algo amargo que no me gustará, y tú que no sabes que lo disfruto justamente porque ese amargo es puro tú, es tu esencia, lo que quiero más de ti, aunque también quiera tus cabellos y quiera tu piel, tus mejillas que se enrojecen cada vez que te digo musa, pero en lo amargo te recuerdo, porque eso amargo me lo llevo por más tiempo a donde vaya como si fuera el juguete que de niño me rehusaba a dejar en casa porque temía que mi hermano lo quebrara o pretendiera volverse médico o mecánico. No me importa que no digas nada y que sigas jugando al mimo, no me importa que sigas en ese plan de volvernos niños, es ahora que debes volverme niño e invitarme a jugar charadas contigo o quizás tutti frutti, que siempre ganaré cuando elija la O, y todo porque de niño me la pasaba leyendo libros de geografía, y ahora algunos años después toma valor. Te miras al espejo antes de partir, me miras en el espejo y me tocas en el espejo, oh, querida si supieras que allí no estoy, que solo somos un invento, cálido invento, esto de soñar nos sienta tan bien que nos creemos vivos, y nos creemos capaces de saltar de un octavo piso de algún edificio con vista a la playa, y a ti que te daba igual andar descalza aquí y allá, en la playa, en la plaza y en la cama, los antojos de ponerte mis medias, o medias desiguales, y así estabas tan feliz, no importa el polo al revés o el cabello desordenado, estabas feliz porque tu esencia vivía plácidamente en el espejo donde te mirabas, que te creaba y recreaba y tú siempre inventando finales felices, como el de Alicia o Peter Pan o Los Años Maravillosos. Los inventabas y podías estar muriéndote de hambre o titiritando de frio y no importaba porque los mundos que inventabas los disfrazas con tu calor, no había más frio, no había más hambre, estábamos tú y yo en la misma habitación, tomando el mismo café, con la misma pestaña y tus labios más rojos que nunca.

imitador de sombras

Decidí alejarme, por mí y por mí.

Nous ne sommes pas au monde

No eras tú la decisión, pero así lo querías.

Decidiste retenerme.

Qué mejor manera que buscarte

Un imitador de sombras

Lo suficientemente bueno

Para hacerte creer que no existo más en ti.

Lo suficientemente malo

Para hacerte creer que no merezco estar en ti.

Todo lo mismo.

Todo de segunda mano.

Refrito.